HILDEGARDA DE BINGEN..., ESA DESCONOCIDA
El 2 de marzo de 2006, en una conversación con los párrocos
de Roma, el Papa Benedicto XVI declaró que “las mujeres
hacen mucho, me atrevería a decir, por el gobierno de la Iglesia,
comenzando por las hermanas de los grandes padres de la Iglesia, como
san Ambrosio, hasta las grandes mujeres de la Edad Media –santa
Hildegarda, santa Catalina de Siena–, y después santa Teresa
de Ávila hasta llegar a la Madre Teresa”. Y a continuación
añadió: “¿Cómo podría imaginarse
el gobierno de la Iglesia sin esta contribución, que en ocasiones
se hace muy visible, como cuando santa Hildegarda critica a los obispos,
o como cuando santa Brígida y santa Catalina de Siena amonestan
y logran que los Papas regresen a Roma?” No mucho tiempo después,
en una entrevista concedida a los canales de televisión Bayerischer
Rundfunk; ZDF; Deutsche Welle y a Radio Vaticano el
5 de agosto del mismo año, reiteraba: “Pensemos en Hildegarda
de Bingen, que con fuerza protestaba respecto de los obispos y del Papa
[...]”.
Familiares son para nosotros los nombres de santa Catalina de Siena,
de la doctora de Ávila y de la inolvidable Madre Teresa de Calcuta;
tal vez no lo sea tanto el de santa Brígida de Suecia quien, al
igual que santa Catalina, intervino de manera activa para poner fin al
cautiverio de los Papas en la francesa ciudad de Aviñón
(siglo XIV). Pero, decididamente, hay entre estos nombres uno que puede
resultarnos bastante desconocido y que se nos aparece como detrás
de un signo de interrogación: ¿quién es esta Hildegarda
de Bingen, a quien la presentación papal nos muestra casi como
una mujer criticona –y refunfuñona– tan luego de la
jerarquía eclesiástica? Otra referencia, esta vez de Umberto
Eco (“Filosofar en femenino”. Revista del diario La Nación,
4 de enero de 2004), suma desconcierto a nuestra pregunta: “En
los manuales de filosofía no encontramos mujeres que enseñaran
dialéctica o teología. Eloísa, la brillantísima
e infeliz estudiante de Abelardo, tuvo que contentarse con ser abadesa.
Pero el problema de las abadesas no debe tomarse con ligereza, y a él
ha dedicado muchas páginas una mujer filósofa de nuestro
tiempo como María Teresa Fumagalli. Una abadesa era una autoridad
espiritual, organizativa y política y desempeñaba funciones
intelectuales importantes en la sociedad medieval. Un buen manual de
filosofía debe consignar entre los protagonistas de la historia
del pensamiento a grandes místicas, como Catalina de Siena, por
no hablar de Hildegarda de Bingen que, en cuanto a visión metafísica
y a perspectivas sobre lo infinito, resulta difícil de superar
aún en nuestros días”.
¿Quién es, pues, Hildegarda de Bingen?
Comencemos por decir que un silencio de siglos ha acompañado a
esta asombrosa, fascinante mujer del siglo XII, redescubierta en los últimos
cuarenta años del siglo pasado, y a la que la voz de las ciencias
(medicina, psicología), las artes (música, pintura), y
diversas corrientes de pensamiento (filosófico, teológico,
ecológico, de espiritualidad, etc.) declaran de actualidad. Para
citar apenas algunos casos, diré que los musicólogos tienen
un gran interés en su música, de la que ya han aparecido
unos cincuenta discos. Los ecologistas, por su parte, la reclaman como
una primera conciencia ecológica por el valor que otorgó al
mundo natural en tanto manifestación esplendorosa de Dios, a la
interacción de hombre y naturaleza y a la responsabilidad del
hombre por ella, con el trasfondo de una justicia cósmica. La
medicina homeopática pondera su concepción de la salud
como equilibrio de cualidades, y el uso de los remedios naturales, y
los psicólogos subrayan su concepto del ser humano como una totalidad,
y su peculiar caracterización tipológica de la mujer. Se
habla de ella como de “una mujer renacentista”, cientos de
años antes del Renacimiento.
Pero ¿quién fue Hildegarda de Bingen en su época?
Vayamos, pues, a esa época: al siglo XII. La abadesa alemana nació en
1098 y murió en 1179, es decir que su vida transcurre en una gran
parte del siglo XII, época de extraordinaria vitalidad y riqueza
cultural, pero también y por eso mismo, tiempo de conflictos,
de luces y de sombras. En un paisaje poblado de castillos con sus nobles
caballeros y sus damas, pero también con los siervos ocupados
en los múltiples menesteres de la vida cotidiana; poblado también
de monasterios y de iglesias con sus monjes y monjas, rezos y cantos –el
Oficio Divino–; transitado por bulliciosos estudiantes que se desplazan
de un lugar a otro atraídos por la fama de tal o cual maestro;
por juglares ágiles y coloridos que hacen el deleite de todos
los del lugar y luego continúan, buscando otros aplausos; por
trovadores que llevan en sus cantos las magnificadas hazañas de
los ausentes; en ese paisaje europeo el Sacro Imperio Romano Germánico,
patria de Hildegarda, ocupa algo más que sólo el horizonte.
Es el Estado preponderante, involucrado desde el siglo XI en lo que se
conoció como la “Querella de las investiduras”, que
opuso la Iglesia al Imperio durante cien años, conflicto que adquirió grandes
proporciones, con acciones bélicas de importancia, y acontecimientos
de carácter político-religioso como las excomuniones lanzadas
por los Papas contra los emperadores, y los antipapas suscitados por éstos.
También encontramos en el siglo XII las Cruzadas a Tierra Santa,
al grito de “¡Dios lo quiere!”, con el objeto de liberarla
de manos de los musulmanes, empresa en la que participan reyes, caballeros,
monjes y campesinos y que colateralmente trae aparejadas importantes
consecuencias culturales y comerciales. El pensamiento griego llega a
Occidente en traducciones y comentarios de árabes y judíos,
y el auge de la lógica y, en general, del pensamiento aristotélico,
promueven una actitud que culmina en la confrontación entre los
maestros de la razón por un lado: Abelardo –maestro de las
escuelas de Santa Genoveva en París– y Gilberto Porretano –obispo
de Poitiers– entre otros, y por el otro lado el gran maestro de
la fe, el cisterciense San Bernardo de Claraval. Abelardo es condenado
en Sens (1140) y Gilberto en Reims (1148), pero subsisten a partir de
entonces dos modos de trabajo intelectual: el de las escuelas y el monástico,
con los inevitables enfrentamientos.
San Bernardo, por su parte, tiene un lugar propio en la historia religiosa
del siglo XII, con las fundaciones cistercienses con las que se propuso
la reforma del clero, por entonces bastante decaído en la práctica
de las virtudes evangélicas, situación que permitiera el
surgimiento y la propagación de la secta de los cátaros
o albigenses, tan combatidos por la abadesa de Bingen. El renacimiento
religioso fructifica en los monasterios que se multiplican por toda Europa,
y en ellos florece no sólo la vida religiosa sino también
la actividad intelectual. Al mismo tiempo la arquitectura abandona el
estilo románico y asume el ascensional gótico, pleno de
teocentrismo. El auge de la construcción de iglesias y monasterios,
y también de los castillos, involucra a gran cantidad de artesanos,
y poco a poco los obreros se organizan en corporaciones o gremios, realización
original de esta época. También la paz que reina en casi
toda Europa permite la prosperidad de los campesinos y del comercio,
lo que dará lugar al surgimiento de una nueva clase social: la
burguesía.
El siglo XII asimismo nos aporta una revalorización de la figura
de la mujer, que tan necesaria se hace frente a la muy negativa prédica
de los cátaros. Por eso, en el siglo de los caballeros la Virgen
María es su invocada Dama y también de los monjes (muchos
de los cuales, no lo olvidemos, provenían de la nobleza). El amor
cortés es el otro amor de los caballeros, a su otra dama; es el
amor cantado por la poesía trovadoresca, el amor que transcurre
en el ambiente de la nobleza.
En esta época tan rica y variada transcurre la vida y la obra
de Hildegarda de Bingen, décima y última hija –nacida
en 1098– de un matrimonio noble y próspero, de constitución
débil y enfermiza, a los ocho años fue confiada para
su educación a Jutta, hija del conde de Sponheim y reclusa desde
1112 en el monasterio de San Disibodo. En 1115 profesa con votos perpetuos
y a la muerte de Jutta, en 1136, es elegida abadesa de una comunidad
que cuenta con diez religiosas.
Desde sus tres años de edad estuvo dotada del regalo de la visión
divina, pero es recién en 1141 cuando recibe la orden de escribir
cuanto ha visto y oído. Luego de dudas y resistencias castigadas
con largos períodos de enfermedad, comenzó a escribir Scivias (“Conoce
los caminos del Señor”), con la colaboración del
monje Volmar, quien hasta su muerte (1173) será su secretario
y amigo. Esta obra relata las visiones de la profetisa, con ilustraciones
de intenso cromatismo (la luz es un elemento fundamental en la vida y
la obra de Hildegarda) realizadas por los monjes bajo su dirección,
y que ponían en imágenes sus revelaciones. Los dibujos
son inusitados para su época, audaces, y con ciertas características
muy definidas, como por ejemplo la permanente presencia de zonas luminosas –habitualmente “fuego
brillante”– y zonas oscuras –“fuego tenebroso”–;
el rojo como color predominante; el uso de la forma circular para indicar
la presencia de la divinidad, la actividad divina, la energía
vital que anima al mundo entero, y la forma rectangular con la que se
refiere a lo ordenado y estructurado.
Entre los años 1146 y 1147 el Papa
cisterciense Eugenio III, enterado de la existencia de Hildegarda y de
su escrito (por entonces inconcluso) por el arzobispo Enrique de Maguncia –a
quien el abad Kuno había
acudido, muy inquieto por los acontecimientos–, ya había
enviado una comisión a Disibodenberg para examinarla. Los informes
son favorables, y el propio pontífice, que se encuentra presidiendo
un sínodo en Tréveris(1),
lee públicamente un fragmento de Scivias y la exhorta
a continuar escribiendo. A partir de ese momento comienza para la abadesa,
que cuenta ya con cincuenta años, una etapa de actividad febril:
cartas de diversa índole y destinatarios, visitas que recibe
y las que realiza fuera del monasterio, la composición musical...
y, en 1150, la fundación de su propio monasterio en San Ruperto,
circunstancia que le trajo muchos problemas con su anterior convento,
que no quería dejarla marchar por motivos de conveniencia económica,
y de prestigio. Hildegarda era un foco de atracción del que no
querían desprenderse.
Podríamos ya aquí detenernos
en algún
punto, como por ejemplo, en su correspondencia. Variados son los temas:
dirección
espiritual, respuestas a preguntas de diversa índole, solución
de problemas de vida o bien de cuestiones intelectuales. Nada escapa
a su interés, ni a la competencia que le confiere la consulta
con la Luz viviente. Un ejemplo de la correspondencia de la abadesa de
Bingen lo tenemos a través del maestro de teología en París
y más tarde obispo Odo de Soissons, quien le escribe hacia los
años 1148-49 –Hildegarda ya ha recibido la aprobación
papal, pero aún no ha terminado de escribir Scivias– y
la consulta: “Nosotros, aunque nos encontramos muy lejos de ti,
tenemos la confianza de pedirte algo: muchos sostienen que la paternidad
y la divinidad [son atributos de Dios pero] no son Dios mismo. No tardes
en exponernos y transmitirnos lo que sepas de esto desde las alturas
celestiales.”(2) Se
trata de una tesis de Gilberto Porretano: que existe diferencia real
entre la esencia divina y sus atributos, discutida por entonces en las
escuelas y cuya lectura y aceptación –hasta tanto no fuese
corregida– fue prohibida en el concilio de Reims, en 1148. Resulta
en verdad asombroso para la época –y tal vez para toda época– que
un destacado maestro consulte un tema teológico conflictivo a
una mujer, religiosa sin estudios conocidos, y sin obra publicada. El
impacto del espaldarazo otorgado por el Papa Eugenio debió resonar
por toda Europa ... E Hildegarda responde:
“[...] Y vi y aprendí, viéndolo en la Luz verdadera
y no buscando por mí misma en mí –pues el hombre
no tiene capacidad para hablar acerca de Dios de la misma manera como
puede hablar de la humanidad del hombre o del color de alguna obra
hecha por la mano del hombre–, que la paternidad y la divinidad
es Dios mismo. [...] Dios es pleno e íntegro y sin comienzo
en el tiempo, y por esto no puede ser dividido por una palabra como
sí puede
serlo el hombre, pues Dios es el todo y no algo diferente, y por esta
razón nada puede serle sustraído ni añadido. Porque
también la paternidad y la divinidad son Aquel que es, como
se ha dicho: ‘Yo soy el que soy’ [Éx. 3,14].
Y El que es, tiene la plenitud del ser. [...]”(3)
Respuesta de clara y precisa exposición
conceptual, que sin duda debió dejar satisfecho al maestro Odo.
Pero no ha de haber quedado igualmente satisfecho –bien que por
dispar motivo– el Papa
Anastasio (reinante entre 1153 y 1154) quien, a pesar del rechazo de
su antecesor Eugenio III, había conferido el cargo de arzobispo
de Magdeburgo –uno de los cargos más codiciados– al
obispo Wichmann, protegido del emperador (quien había ejercido
grandes presiones al respecto). Según acota Gouguenheim(4),
era la primera vez desde Enrique V (1106-1125) que el papado cedía
ante el poder político y dejaba en manos del emperador la composición
del episcopado alemán, lo cual implicaba la violación del
concordato de Worms (1122), que había terminado con la famosa “Querella
de las investiduras”. La actitud del Papa debilitaba el poder de
la Iglesia, y de allí la reacción de Hildegarda, que ahora
leemos en un fragmento de la carta que dirigiera al Sumo Pontífice:
“[...] Oh hombre, que en lo que se refiere al conocimiento lúcido
y vigilante estás demasiado cansado como para refrenar la jactanciosa
soberbia de los hombres puestos en tu seno, bajo tu protección: ¿por
qué no rescatas a los náufragos que no pueden emerger de
sus grandes dificultades a no ser que reciban ayuda? ¿Y por qué no
cortas tú la raíz del mal que sofoca las hierbas buenas
y útiles, las que tienen un gusto dulce y suavísimo aroma?
Tú descuidas a la hija del rey, esto es a la Justicia –que
vive en los abrazos celestiales y que te había sido confiada–,
pues permites que esta hija del rey sea arrojada a tierra, y que su diadema
y su hermosa túnica sean destrozadas por la grosería de
las costumbres de aquellos hombres hostiles que a semejanza de los perros
ladran y que, como las gallinas que en las noches a veces tratan de cantar,
dejan escapar la necia exaltación de sus voces.
[...] Oye por tanto, oh hombre, a Aquel que mucho ama el claro y agudo
discernimiento, de manera tal que Él mismo lo estableció como
el más grande instrumento de rectitud para luchar contra el mal.
Tú no haces esto, porque no erradicas el mal que desea sofocar
al bien sino que permites que el mal se eleve soberbio, y lo haces porque
temes a quienes traman los peores engaños en las asechanzas nocturnas,
amantes más del dinero de la muerte que de la hermosa hija del
rey, esto es, la Justicia.
[...] De donde tú, oh hombre que te sientas en la cátedra
suprema, desprecias a Dios cuando abrazas el mal; y en verdad no lo
rechazas sino que te besas con él cuando lo mantienes bajo silencio
en los hombres malvados. Por esto toda la tierra se turba a causa de
la gran mudanza que producen los extravíos, porque lo que Dios
destruyó,
eso es lo que el hombre ama. [...]”(5)
... Pensemos en Hildegarda de Bingen, que con fuerza protestaba
respecto de los obispos y del Papa ..., nos decía Benedicto
XVI.
Entre los años 1151 y 1158 elaboró sus escritos médicos: El
libro de la medicina simple o Física, y El
libro de la medicina compuesta o Las causas de las enfermedades
y sus remedios. En ellos Hildegarda buscaba en todo momento establecer
relaciones entre lo producido por la naturaleza y los seres humanos,
cuyo equilibrio y salud le importaban en primer término. Y esto
es lo que ha interesado a los hombres de nuestro tiempo, haciendo de
ella una mujer muy contemporánea. Adelantándose a la
homeopatía, a las flores de Bach y a otras manifestaciones medicinales,
al describir plantas, animales, piedras, Hildegarda se detiene en las
cualidades y en su propiedad curativa, ya que el uso del elemento en
que se halle la cualidad faltante a la persona enferma restablecerá el
equilibrio perdido y le devolverá la salud. Por otra parte,
conocedora de su interacción, no separa los estados anímicos
de los males corporales, trabajando ambos en la curación del
enfermo. La abadesa vincula la enfermedad a la maldad, y dice que aquélla
sería producto de ésta, a la que presenta como un desarreglo
interior, un quiebre de la belleza y la armonía interiores que
constituyen la salud del hombre y su estado natural. Por eso, la preservación
de la salud es una tarea cotidiana de vigilancia, que involucra al
espíritu y al cuerpo juntamente.
Parece de gran utilidad para nuestro tiempo una presentación adecuada
de este tema, aunando diversas vertientes: religiosa, natural, psicológica,
espiritual, científica, experiencial, etc., a fin de lograr una
concepción equilibrada y armoniosa del ser humano, de su salud,
de su relación con el mundo natural, involucrando una conducta ética,
un fundamento religioso y una actitud en la que ciencia, respeto por
la naturaleza y sentido común den al hombre de hoy una propuesta
igualmente distante de la magia, la credulidad, la charlatanería
por una parte y la tiranía de la ciencia y la omnipotencia a ultranza
de la técnica por otra. En dicho contexto la viriditas –la
fuerza de la naturaleza, su vigor y lozanía– juega un papel
fundamental: el hombre bueno, el hombre en amistad con Dios la procura
en el contacto amical con la naturaleza; el hombre rebelde a Dios y obstinado
en su pecado, en su mal moral, la pierde y vuelve la naturaleza en su
contra. Hombre y naturaleza son solidarios en el plan primigenio de Dios,
y la naturaleza es así ayuda o castigo para el hombre, al tiempo
que de él –de quien recibió desorden y caída– espera
también su redención y restauración.
También compuso por entonces La
armoniosa música de
las revelaciones celestiales, ciclo de unas setenta canciones litúrgicas,
y El drama de las Virtudes, el más antiguo drama litúrgico
cantado de segura autoría, pieza de carácter didáctico-moral
que había sido anticipada en la última visión de Scivias.
Se trata de una lucha entre las Virtudes y el Demonio por el Alma, y
con referencia a esta obra dice Anne King‑Lenzmeier en su Hildegard
of Bingen. An Integrated Vision: “La verdadera ausencia de
la oposición entre virtud y vicio en El drama de las Virtudes es
una de sus características más distintivas, que lo diferencia
de la tradición más tardía de las obras morales
medievales. Incuestionablemente se trata de una batalla entre el bien
y el mal: con la excepción de la figura del Demonio, todas las
personificaciones lo son de las virtudes (excepto por la figura central,
el Alma). No hay vicios personificados [...]”(6) No
están personificados porque no tienen entidad positiva, pero no
están ausentes, porque Hildegarda los describe con gran vivacidad
para resaltar, precisamente, las virtudes que se les oponen. También
cabe señalar que el Demonio es el único personaje que no
canta, que no puede cantar, porque la música es el lenguaje con
que la creación alaba a su Creador, alabanza de la que Lucifer
se autoexcluyó. Recordemos que para esta singular compositora,
la música es un medio privilegiado: para recrear la armonía
que el hombre pierde muchas veces al día, para dirigir nuevamente
hacia el cielo los corazones que han perdido su camino, para centrarlos
en Dios como su punto de referencia. Al cantar y ejecutar música
se integran espíritu, corazón y cuerpo, se pacifican las
discordias, se celebra la vida y se tributa alabanza a Dios.
Porque Hildegarda de Bingen fue la única mujer que en muchos siglos
de vida de la Iglesia Católica gozó del privilegio de predicar
en iglesias y en plazas al clero y al pueblo, entre los años 1158
y 1163 encontramos tres giras de predicaciones. La abadesa tiene ya sesenta
años en la primera de las giras, y setenta y dos en la última,
pero clero y pueblo escucharán admirados a esa monja que les predica
en las iglesias y en las plazas, amonestando a unos por la corrupción
de sus costumbres y el descuido de sus obligaciones, e instruyendo a
otros para prevenirlos ante la herejía de los cátaros.
Los viajes y las predicaciones alternaron con la escritura de su segunda
obra profética, El Libro de los méritos de la vida,
de carácter ético con una fuerte impronta psicológica,
y concluido ésta principia en 1163 y hasta 1174 la que sería
su última gran obra: El libro de las obras divinas, que
inscribe la interrelación entre macrocosmos y microcosmos en la
historia de la salvación, y que se abre con una figura humana
de pie con dos cabezas y cuatro alas pintadas de color escarlata: en
una representación trinitaria, el Padre es la cabeza anciana,
el joven es el Hijo y la fulgurante luz que en forma de círculo
o diadema los envuelve y abraza es el Espíritu Santo; en el pecho
del Hijo un cordero porta la Cruz simbolizando la Caridad de Cristo y
su humilde mansedumbre, que han derrotado a la soberbia serpiente y a
su monstruo, el hombre pecador contra su Dios. El texto, del que tan
sólo transcribiré unas pocas frases, subraya el concepto
del Ser Supremo como Amor, Vida y Causalidad divina creadora, Sabiduría
ordenadora del mundo, un orden en el que el hombre es el centro y el ápice
inclusivo de la creación:
“[...] II. Y esta imagen decía: Yo soy la energía
suprema e ígnea(7),
Quien ha encendido cada chispa viviente, y nada exhalé que fuera mortal(8),
sino que Yo decido su existencia. Con Mis alas superiores,
esto es con la sabiduría(9),
y circunvolando el círculo que se mueve orbitalmente [esto es,
la tierra], lo ordené con rectitud. Pero también Yo,
la vida ígnea del ser divino, me enciendo sobre la belleza de
los campos, resplandezco en las aguas y ardo en el sol, la luna y las
estrellas; y con un soplo de aire, al modo de una invisible vida que
sustenta al conjunto, despierto todas las cosas a la vida(10).
Y así Yo, la energía ígnea, me oculto en estas
cosas, y ellas arden por Mí, como la respiración continua
mueve al hombre y como la voluble llama está en el fuego. Todas
estas cosas viven en su esencia y no
mueren(11),
porque Yo soy la vida. También soy la racionalidad, que tiene
en sí el aliento de la Palabra que resuena, por la que toda
criatura fue hecha(12).
Y la insuflé en todas las cosas de manera que ninguna de ellas
fuera mortal en su género, porque Yo soy la vida.
Y en verdad soy la vida íntegra, que no ha sido esculpida en
piedra ni brotó frondosa de las ramas ni radica en la potencia [generativa]
humana(13):
antes bien, todo lo que vive tiene sus raíces en Mí.
Pues la racionalidad es la raíz, en ella florece(14) la
Palabra que resuena.
Por eso, siendo Dios racional, ¿cómo podría ser
que no obrase, cuando toda su obra florece a través del hombre,
a quien hizo a Su imagen y semejanza, y a todas las criaturas –según
su medida– significó en el hombre?(15) Pues
desde toda la eternidad fue Voluntad de Dios hacer Su obra, esto es,
el hombre; y cuando la acabó, le dio todas las criaturas
para que trabajara con ellas, como el mismo Dios lo había hecho con él.(16)
[...] Porque Me enciendo sobre la belleza de los campos, esto es la
tierra, de cuya materia Dios hizo al hombre; y resplandezco en las
aguas, como el alma, porque así como el agua se esparce a través
de toda la tierra, así el alma recorre todo el cuerpo. También
ardo en el sol y en la luna, que son figura de la racionalidad (mientras
que las estrellas son las innumerables palabras de la racionalidad).
Y con un soplo de aire, al modo de una invisible vida que sustenta
al conjunto, despierto todas las cosas a la vida: porque por el aire
y el viento subsisten los vivientes –que crecen y maduran–,
que han sido apartados de la nada por el solo hecho de existir. [...]”(17)
... Hildegarda de Bingen que, en cuanto a visión metafísica
y a perspectivas sobre lo infinito, resulta difícil de superar
aún en nuestros días ..., ponderaba Umberto Eco.
Entretanto, no es fácil imaginar cómo, pero lo cierto
es que Hildegarda se da tiempo también para otras actividades:
atiende consultas de orden espiritual, cura enfermos, funda en 1165 el
monasterio de Eibingen –que visita dos veces por semana– y
continúa escribiendo ...
Ochenta años tiene ya Hildegarda
cuando se ve obligada a afrontar una sentencia de interdicción,
pronunciada por los prelados de Maguncia y confirmada en primera instancia
por el arzobispo Christian, dada su negativa a exhumar el cadáver
de un noble sepultado en el cementerio de Rupertsberg. El hombre había
sido excomulgado, pero antes de morir se había reconciliado con
la Iglesia y había
recibido los sacramentos, hecho que por lo visto los prelados desconocían(18).
Ante la actitud de éstos la abadesa se dirigió al lugar
de la sepultura, con su báculo trazó sobre ella la señal
de la cruz, y luego quitó todo indicio que permitiera individualizarla,
para evitar la profanación. Acto seguido comenzó en el
monasterio un tiempo de privación de los sacramentos... y del
Oficio Divino al modo benedictino, esto es, cantado(19).
Esta dolorosísima situación le dio oportunidad para dirigir
una carta a dichos hombres de la Iglesia, en la que les reprocha la medida
tomada, y expone su concepción de la música —verdadera
teología de la música— como medio para recuperar
el paraíso perdido y, en él, la voz de la alabanza a Dios:
“[...] Para que, en lugar de acordarse de su destierro, los hombres
se acordasen de aquella dulzura y alabanza divinas que antes de su caída
alegraban a Adán juntamente con los ángeles en el Señor,
y para atraerlos hacia ellas, los santos profetas –enseñados
por el mismo Espíritu que habían recibido– no sólo
compusieron los salmos y cánticos que cantaban para encender la
devoción de sus oyentes, sino que también crearon instrumentos
musicales de distintas clases con los que producían sonidos
varios. [...].
Pero el que lo había engañado –el diablo–,
al oír que el hombre había comenzado a cantar por inspiración
de Dios y que por esto sería atraído al recuerdo de la
suavidad de los cánticos de la patria celestial, y viendo que
sus astutas maquinaciones fracasarían, se asustó de
tal modo que se atormentó con gran sufrimiento, y con los múltiples
ardides de su astucia siempre, ininterrumpidamente, se dedicó a
discurrir y buscar la manera de perturbar o impedir sin cesar la proclamación,
la belleza y la dulzura de la alabanza divina y de los himnos espirituales [...].”(20)
Pero la carta no tuvo buena acogida entre los prelados, y debió pasar
casi un año para que el arzobispo, ahora debidamente enterado
de todo, levantara la medida. Fatigada por los muchos años y los
muchos trabajos, seis meses después, el 17 de septiembre de 1179,
moría Hildegarda.
A pedido de las religiosas, en 1227 el papa Gregorio IX –quien
antes de ascender al trono pontificio había estado en la Germania
y había oído hablar de Hildegarda– encargó a
los prelados de Maguncia las diligencias necesarias para abrir un proceso
de canonización,. La negligencia, incompetencia y tal vez cierta
mala voluntad por parte del clero produjeron tras siete años un
informe tan lleno de lagunas y de errores que tuvo que ser devuelto para
su revisión el 6 de mayo de 1237. En 1243 el papa Inocencio IV
logró reactivarlo, pero el proceso se estancó nuevamente
también por deficiencias burocráticas del mismo tenor.
En el siglo XIV, según narra Juan
Tritemio (abad de Sponheim entre 1483 y 1506) en su Crónica
de mujeres santas, los pontífices
Clemente V y Juan XXII ordenaron nuevas comisiones para estudiar la vida,
virtudes y milagros de Hildegarda; en 1317 Juan XXII declara que nada
obsta para su canonización, aunque ésta no se haya producido.
Silvas –a cuya obra debemos una ordenada y abundante exposición
de fuentes– trae el descubrimiento que Pedro Bruder hiciera de
una Carta de Indulgencias fechada en Avignon el 5 de diciembre
de 1324, en la que doce obispos concedían cada uno cuarenta días
de indulgencia para todo creyente que visitara la iglesia de San Ruperto
en determinados días –entre los que se contaba la festividad
de Santa Hildegarda–, y elevara allí sus
oraciones(21).
Gouguenheim la da como inscripta en el martirologio de Usuard en 1412,
notando que en 1480 forma parte de las letanías de todos los santos
en Maguncia; la veneración de sus reliquias dio lugar inclusive
a la exhumación de sus restos para obtener alguna de ellas, como
lo hizo precisamente Tritemio(22).
En el siglo XVI la suerte de la abadesa
de Bingen es variada. En efecto, el carácter profético
de sus escritos, sus denuncias ante la corrupción del clero de
su tiempo, sus cartas de admonición
dirigidas a los pontífices son utilizados por diversos teólogos
y autores protestantes; sin embargo, también en 1584 su nombre
figuraba en el Martyrologium Romanum del Cardenal Cesare Baronio
promulgado por el Papa Gregorio XIII. A partir de entonces, su culto
en Alemania principalmente se hizo público y extendido, con iglesias
consagradas, celebración de su festividad y oficio propio, que
la Sagrada Congregación (Vaticano) aprobó, el 21 de febrero de 1940(23).
Pero la vigencia de Hildegarda no ha sido sólo la de sus obras.
La vida de la santa continúa admirando a los hombres y sobre todo
a las mujeres de hoy: por su increíble capacidad de trabajo, por
las multiformes direcciones de su actividad, por la santidad de su orientación
personal y la claridad de sus caminos, por la valentía de sus
denuncias y el amor que aun así alentaba en ellas, por su femineidad
no exenta de firmeza, por la autoridad universal reconocida a su palabra.
En relación con esta última nota se nos ocurre mencionar
un dato curioso y significativo, que debemos a Gouguenheim: “El
5 de septiembre de 1965, en Lourdes, un grupo de peregrinos alemanes
trae un cofre que contiene reliquias de Santa Hildegarda y de San Bernardo.
Se trataba de conmemorar el desempeño pacífico de los dos
personajes y de exaltar ‘la amistad fraternal que une a los católicos
de Francia y de Alemania’, como lo expresa el abad Idesbaldo, que
dirigía la delegación alemana”(24);
una vez más, como aconteciera en su lejano siglo XII, Hildegarda
se constituía como centro de referencia y punto de unión.
Esperamos que al término de estas líneas el título
de nuestro trabajo haya perdido su razón de ser: Hildegarda, abadesa
de Bingen, se nos ha presentado y nos invita a caminar con ella, tal
vez en su hoy floreciente monasterio de Eibingen..., o leyendo sus obras...,
espigando su correspondencia..., admirando sus pinturas..., o bien escuchando
la maravillosa música de esta siempre actual mujer de novecientos
años.
Azucena Adelina Fraboschi
(Revista Universitas, 2007)
NOTAS
1. Este
sínodo era preparatorio para el concilio de Reims, que a instancias
de San Bernardo condenaría tesis de Abelardo y de Gilberto
Porretano. (vuelve al texto)
2. Carta
40, de Odo de Soissons, años 1148-49, p. 103. In: Hildegardis
Bingensis Epistolarium. Ed. Lieven van Acker. Turnhout: Brepols,
1991-93. (Corpus Christianorum. Continuatio Mediaevalis, 91-91B)
(vuelve
al texto)
4. Gouguenheim,
Sylvain. La sibylle du Rhin. Hildegarde de Bingen, abbesse et
prophétesse rhénane. Paris: Publications de la
Sorbonne, 1996, cap. 3. (vuelve al texto)
5. Carta
8r, al Papa Anastasio, años 1153-54, p. 19. In: Hildegardis
Bingensis Epistolarium. (vuelve al texto)
6. King‑Lenzmeier,
Anne H. Hildegard of Bingen. An Integrated Vision. Collegeville
(Minnesota): A Michael Glazier Book, The Liturgical Press, 2001,
p. 105. (vuelve al texto)
7. En
la concepción hildegardiana el Amor es Vida, y aquí la
abadesa se vale de la imagen del fuego (“energía ígnea”)
para expresar ambos conceptos, al tiempo que implícitamente
añade las notas del dinamismo, la movilidad, el calor, el
brillo y la refulgencia, todas ellas identificables con el amor y
la vida. (vuelve al texto)
8. Responde
esta afirmación a lo que era por entonces la interpretación
del texto de Juan 1, 3-4, que se leía así: Et
sine ipso, factum est nihil. Quod factum est in ipso vita erat (Y
sin Él no se hizo nada. Todo cuanto fue hecho era vida en
Dios). La lectura, hoy: Et sine ipso, factum est nihil. In ipso
vita erat (Y sin Él no se hizo nada [de cuanto fue hecho].
En Él estaba la vida). (vuelve
al texto)
9. La referencia
es a la sabiduría en sentido bíblico, no como un saber
teorético sino como un saber práctico-moral. Por eso
a continuación adscribe a la ordenación propia de la
sabiduría la nota de rectitud, que la circunscribe al ámbito
de lo moral. (vuelve al texto)
10. Queda
aquí subrayada la concepción de todo lo creado como
viviente con la imagen del soplo de aire, hálito de vida (Gén.
2, 7). (vuelve al texto)
11. Como
se advierte en el mismo párrafo, no se trata de una inmortalidad
individual sino específica y, según podría desprenderse
del contexto, la inmortalidad de la especie en Dios (“porque
Yo soy la vida”). Como dice Guillermo Blanco en su Curso
de Antropología Filosófica (Buenos Aires: EDUCA,
2002, p. 121), “todo era vida en Dios antes de ser realidad,
porque todo era en Dios objeto de pensamiento y de amor: todo vivía
en la inteligencia de Dios” (vuelve
al texto)
12. Hay
aquí una clara alusión trinitaria: Racionalidad, Palabra
y Aliento de Vida, en el contexto de la actividad creadora, “por
la que toda creatura fue hecha”. Pero el Aliento no sólo
da vida, sino que lo hace porque es en Él que la Palabra creadora
resuena, produciendo su efecto de causalidad eficiente y formal ejemplar.
(vuelve al texto)
13. Se
mencionan las concepciones idolátricas más primitivas,
sí, pero que también se encontraban en los pueblos
bárbaros que habían conquistado Europa –y con
fuerte penetración e influencia en la Germania– en
tiempos no tan lejanos. (vuelve al texto)
14. Esta
imagen del “florecer” en la raíz (la Palabra que
resuena en la Racionalidad, y en Ella todo lo que vive), es otra
aparición de la riquísima –en sentidos y matices– viriditas.
Su fecundidad aparece también proclamada en el párrafo
siguiente, en que la creación habla del Creador, las creaturas
configurando un cosmos, un orden, se manifiestan como la obra de
su Dios. (vuelve al texto)
15. El
hombre como resumen de toda la creación, el hombre como microcosmos,
es un tópico de la época. (vuelve
al texto)
16. Gén.
1 y 2. Aun en la diversidad de ambos relatos, un hecho se presenta
como indubitable: la creación tiene al hombre como su centro
y ápice; todas las demás creaturas están en
función de él, quien debe trabajarlas y usarlas con
rectitud, esto es, con sabiduría, medida y orden. El hombre
tiene una responsabilidad ética por el cosmos, por el mundo
natural, y desde este punto de vista la obra de Hildegarda bien podría
proveer los elementos para elaborar una ecología cristiana,
tan necesaria en tiempos en los que el hombre parece más dedicado
a la destrucción de su mundo que a su conservación. (vuelve
al texto)
17. Hildegardis
Bingensis Liber Divinorum Operum. Cura et studio Albert Derolez
et Peter Dronke. Turnhout: Brepols, 1996. (CCCM 92), p. 47-50. (vuelve
al texto)
18. La
relación de Hildegarda con los canónigos de Maguncia
era por entonces un tanto ríspida, a raíz de la actuación
de la una y los otros en el tema del antipapa suscitado por el Emperador.
Mientras la abadesa se mantenía fiel al Papa Alejandro III,
de cuya legitimidad no tenía duda alguna, los canónigos
apoyaron –posiblemente por razones o bien por conveniencias
políticas– al antipapa Calixto III. Tal vez esta situación
haya influido en la dureza e inflexibilidad del clero catedralicio. (vuelve
al texto)
19. A
propósito de esta mirada “benedictina” sobre el
mundo y la liturgia, recordamos que en su catequesis del miércoles
17 de julio de 2002, el Papa Juan Pablo II hizo una meditación
sobre el Salmo 148, al que calificó de “aleluya
cósmico”, y citó un texto de Luis Alonso Schökel
referido a los seres de la naturaleza, a la creación en su
conjunto: “Dios los ha creado dándoles un lugar y una
función; el hombre los acoge, dándoles un lugar en
el lenguaje; y así los presenta en la celebración
litúrgica. El hombre es el ‘pastor del ser’ o
el liturgista de la creación” (Schökel, Luis Alonso. Trenta
salmi: poesia e preghiera. Bolonia: 1982, p. 499. Cita tomada
de ZENIT, Agencia de noticias (El mundo visto desde Roma), 17/07/02).
Y exhortó luego el Pontífice: “Unámosnos
también nosotros a este coro universal que resuena en el ábside
del cielo y que tiene por templo todo el cosmos. Dejémosnos
conquistar por la respiración de la alabanza que todas las
criaturas elevan a su Creador.” La mirada de Hildegarda, su
obra, la receptividad de todo su ser no parecen sino una sinfónica
y anticipada respuesta a la invitación del Papa. (vuelve
al texto)
20. Carta
23, a los prelados de Maguncia, años 1178-79, p. 63-64. In: Hildegardis
Bingensis Epistolarium. (vuelve
al texto)
21. Al
decir de Anna Silvas (Silvas, Anna. Jutta and Hildegard: The
Biographical Sources. Transl. and intr. by Anna Silvas. Pennsylvania:
University Press, 1999, p. 254-55), esto pareciera indicar que el
Papa Juan XXII habría procedido a la canonización de
Hildegarda, o bien aprobó su culto público. Sylvain
Gouguenheim (ob. cit., p. 64) dice que por ese entonces los obispos
fueron dos –el arzobispo de Maguncia habría confirmado
la carta añadiendo cuarenta días más de indulgencias–,
y que en 1342 –aquí la fecha difiere de la proporcionada
por Silvas– habrían firmado la carta de indulgencias
un arzobispo y once obispos. (vuelve
al texto)
23. Curiosamente,
recién en 1916 el calendario benedictino inscribe la festividad
de Santa Hildegarda como “memoria”, carácter que
ha permanecido invariable después de la revisión de
1961 (Silvas, Anna, ob. cit., p. 256). (vuelve
al texto)
|